domingo, febrero 10, 2008

III

___Francisco asiste casi todos los domingos por la tarde a la iglesia. Cuando estoy enfermo, pone una mano sobre mi cabeza y dice “¡En el nombre de Jesús, hecho fuera todo demonio y enfermedad!”. A veces me sano. Otras veces no. Una vez, íbamos con Francisco camino a casa, y otro niño gritó desde lejos “¡Ese hueón es canuto!”. Francisco dio media vuelta, se quedó parado un momento, miró al niño que le gritó, y luego seguimos caminando a casa.
___Francisco es muy alto y robusto. Moreno, como papá. No se parece casi en nada a Liliana, pero tiene el cabello negro, como yo. Francisco tiene mucha fuerza. Es capaz de levantarme de los codos, y llevarme en brazos sin cansarse. Le gusta jugar en el computador, y no habla demasiado. A veces casi ni habla, sobre todo cuando estamos comiendo en la mesa. Liliana le dice “Chino”, porque tiene los ojos pequeños y un poco rasgados. Liliana siempre le tiene apodos a la gente. A papá le dice Pappo, a mamá le dice Moma, a Francisco, Chino, y a mí, Puntito. “Erís más chico que un puntito” me dice a veces.
___Francisco de menor, sé que era muy inquieto. Mamá dice que era un remolino. Pero ahora no es así. A veces juega conmigo, pero nada más. Y me cuesta creer que haya sido “un remolino”. Cuando dicen “tu hermano era un remolino” me lo imagino de muchos colores brillantes dando vueltas y vueltas y vueltas con el viento.
-
___Hoy llamó Liliana a casa y pidió hablar conmigo, así que tomé el teléfono y hablé con ella.
___-Hola, Puntito.
___-Hola.
___-¿Qué estai haciendo?
___-Nada.
___-Que erís fome. Oye, ¿mañana vai a estar en la casa?
___-No sé, yo creo que sí.
___-Te tengo dos libros. ¿Te llevo uno o te llevo los dos?
___-Eh… es que, todavía no termino el último que me trajiste.
___-Erís más lento, cabro chico.
___-Tengo 9 años.
___-Y qué tiene. Yo a tu edad leía libros enteros en un día.
___-Pero yo no.
___-Bueno, entonces no voy a la casa y no te llevo nada. Chao.
___-Adiós.
___-¡Di “chao”, no “adiós”! Qué parecís hablando así…
___-Adiós.
___Liliana siempre hace lo mismo. Odio que me llame, porque siempre me trata mal o me ofende. Pero en el fondo, no puedo evitar contestarle, no sé por qué. Siempre que viene me trae libros y galletas. Pero si mañana no viene, claro está, no voy a comer ni una sola galleta. Aunque no me importa, porque tengo mucha dignidad.

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